

Así lucía Santi las veces que estuvo en la playa del hotel donde nos quedamos en Santa Marta. Muy orondo se paseaba por la cálida arena, tal como lo traje al mundo.
Bajábamos con el papá a desayunar, luego, regresábamos a la habitación y esperábamos a que fueran las 9 o 10 para ir a la playa. Mientras esto sucedía, él se divertía escondiéndose en el closet de la habitación o apagándome el televisor.
Desde que salía de la habitación, saludaba a todas las personas que encontraba en su camino, incluso llamaba por el nombre a los empleados del hotel. Me impresionaba lo claro que decía las palabras y lo bien que se desplazaba, como si antes hubiera estado en el mismo hotel.
Salía de la habitación directo al ascensor, al llegar al primer piso caminaba por la rampa que conduce a la recepción, allí se detenía para saludar a las recepcionistas y huéspedes que por ahí estuvieran. Seguía su camino pero al llegar a la escalera, alzaba el brazo y me decía: Mami, mano. Yo atendía su pedido y lo ayudaba a bajar las lelas (escaleras).
Por las tardes solíamos ir al centro comercial, allí le dábamos un paseo en el tren, también comíamos paletas para calmar la sed. En caso de quedarnos en el hotel, repetíamos playa y jacuzzi.
Esta vez nos fue mejor con el clima, siempre sopló buena brisa y el sol se apiadó de nosotros, no estuvo brillante que rechina. Lo único harto fueron los mosquitos, una especie de jején se apoderó de mi cuerpo, donde me descuide, se me come hasta el alma!

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